"El árbol de la vida" o Dios que se encarna para buscar al Hombre

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"El árbol de la vida" o Dios que se encarna para buscar al Hombre

He querido ver de nuevo "El árbol de la vida", pocos días después de haberlo hecho para escribir la crítica correspondiente. Me ha vuelto a impresionar y a gustar incluso más que la primera vez, y he descubierto que no sobra nada en las dos horas largas de duración, que está plagada de pequeños detalles llenos de sentido y en una armonía conceptual y sensorial admirables, que admite muchas maneras de acercarse a ella… cada cual más enriquecedora y placentera. El día de su estreno, involuntariamente me preocupé más de entender el sentido de cada secuencia, subtrama o movimiento de cámara. Ahora he querido suspender el ejercicio de la razón y dejar que las emociones fluyan… y la experiencia ha sido muy recomendable, porque el aliento poético y la humanidad que encierra el trabajo penetrarán por todos los sentidos. Algunos pueden calificar el trabajo de Terrence Malick como de ejercicio manierista o pretencioso, pero lo cierto es que sus formas sustentan un pensamiento profundo sobre la vida y la felicidad, sobre el arrepentimiento y el perdón, sobre Dios y el alma humana. Y no falta tampoco la sensibilidad exquisita para tratar asuntos muy interiores, y el respeto para mostrarlos sin ofender a la inteligencia del espectador.

Sabe Malick usar los silencios como nadie para percibir los pasos de los O'Brien por las habitaciones de su casa, para incomodarnos ante la tragedia de la piscina o en esa discusión matrimonial puestas en sordina, para gozar con esos niños que juegan asustando a su madre con un lagarto, para aislarnos con Jack adulto del bullicio en esa reunión empresarial y reflexionar, para escuchar cada una de las voces en off que llegan como susurros a nuestro corazón. Excelente trabajo de sonido y magnífica banda sonora, con el Réquiem que Zbigniew Preisner compuso para el funeral de su amigo Kieslowski, con el Agnus Dei de Berlioz o con la música de Brahms. Visualmente es también un placer el despliegue de luz con que Malick recrea el Big Bang o los primeros momentos de vida sobre la tierra, como lo es ese tono etéreo que transmite la paz que se respira en el Paraíso, o la calidez placentera de la puesta de sol con una madre que encuentra el sentido a su dolor y entrega al hijo fallecido. El tacto también juega su partido en ese descubrimiento de la gloria que rodea a los protagonistas y que Jack debe advertir para volver a Dios.

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